Eco Diario de la Palabra
 

EL AYUNO QUE YO QUIERO 

 ¿Para qué ayunar, si no haces caso?  ¿Mortificarnos, si tú no te fijas?  

Miren: el día de ayuno  buscan su propio interés,  y maltratan a sus servidores; 

miren:   ayunan entre peleas y disputas,  dando puñetazos sin piedad.   

No ayunen como ahora,  haciendo oír en el cielo sus voces 

¿Es ése el ayuno que el Señor desea,  el día en que el hombre se mortifica?  

Doblar la cabeza como un junco,  acostarse sobre estera y ceniza,    

¿a eso lo llaman ayuno,  día agradable al Señor? 

Is 58,3-5 

 

La Cuaresma es un tiempo sagrado, como unos ejercicios espirituales y corporales que la Iglesia nos ofrece cada año. No se si porque cada año nos repiten los mismo “ayuno, oración, obras buenas” ya nos hemos acostumbrado a que nuestras cuaresmas terminan como empezaron, no ha pasado nada nuevo en nosotros. La Cuaresma es tiempo de primavera espiritual tiempo de siembra que madurará a su debido tiempo.  

Meditemos juntos en un texto de Isaías,  en él Dios nos habla del ayuno como Él lo ve y lo desea para nuestro bien.  El pueblo de Israel se queja con Dios porque ayunan, se sacrifican y parece que Dios ni ve ni oye. No vale la pena si a Dios no le interesamos.  

Y dios responde por medio del profeta Isaías diciendo cuál es el ayuno que Él quiere. No le agrada que ayunemos y sigamos haciendo lo que nos interesa, sigamos peleando y haciendo daño a los demás y a nosotros mismos. Aquí nos damos cuenta de que Dios ve y oye, sólo que espera que sea yo quien reflexione y sienta la necesidad de cambiar.   

El ayuno que Dios quiere es que liberemos a los demás, nos liberemos de todo cuanto nos ata  y no nos deja caminar con alegría por la vida. El profeta describe esta liberación: abrir prisiones injustas ¿tengo personas que viven a mi lado como prisioneros? Dejar libres a los oprimidos ¿a qué oprimidos tengo que dejar libre? ¿soy yo, son los que viven o trabajan conmigo? ¿son los de algún grupo eclesial al que pertenezco?  

El ayuno también es ayudar a quien está necesitado. El profeta lo explica esta ayuda como dar de comer, hospedar a los sin techo, vestir a quien necesite ropa y no despreocuparme de mi hermano o hermana que son hijos e hijas que Dios ama con ternura, como me ama a mi. ¿A quién tengo que vestir, alimentar, acoger?  ¿Con quien tengo que sentirme solidario? ¿a quien tengo que escuchar? 

Y dice Dios que cuando obremos así nuestra luz será como la aurora, nuestras heridas sanarán rápidamente, nuestra justicia será realidad.  En ese camino no andamos solos, Dios está a nuestro lado camina con nosotros para darnos fuerza, para dejarnos sentir el gozo y la paz de su presencia, aunque calle y a veces haya oscuridad en nuestra vida. Entonces llamaremos al Señor y él nos responderá, le pediremos auxilio y nos dirá “Aquí estoy”.   

LA FUERZA DEL DESIERTO

“El Espíritu empujó a Jesús al desierto” (Mc 1, 13 -15) 

Evangelio del I Domingo de cuaresma, 18 de febrero

La fortaleza puede convertirse en una quimera, un efímero espejismo. ¿Quién puede sostenerse a sí mismo? La ilusión de la autosuficiencia se desvanece irremediablemente al contacto con la cruda realidad. Es por eso que inventamos mil maneras de aliviar la fragilidad que nos es propia y construimos mundos que nos protejan. La sociedad de bienestar, harta de recursos, nos conserva en un confort que enmascara lo débil y nos hincha en la sensación de poderlo casi todo.

No así en otras regiones que, desprovistas de lo más básico, han de amigarse con la precariedad de su condición humana. La sufren a diario quienes no alcanzan a cubrir el mínimo de calorías necesarias para que el cuerpo responda. Según Intermón Oxfam, esto le ocurre a más de 30 millones de personas en la región de África Oriental: Kenia, Etiopía, Nigeria y Sudán del Sur. Es la mayor emergencia alimentaria del mundo y sus efectos catastróficos amenazan con agravarse exponencialmente si no se frena a tiempo.

“Sin haber sufrido una experiencia similar difícilmente se imaginarán el destructivo conflicto mental y las luchas de voluntad a las que se enfrenta un hombre hambriento”, explica Víktor Frankl en su famosa obra testimonial, El hombre en busca de sentido. El hambre va anulando la personalidad, disminuye la energía, la iniciativa, la concentración, la capacidad de rebelión y la queja, la lucidez, el deseo y el afecto. El hambriento está expuesto a toda enfermedad, física y mental, no tiene defensa. Se sabe débil e incapaz, siente cómo emergen desde el fondo de su alma las más hondas hambrunas interiores. Se contempla insignificante e inválido.

Por instinto natural, tendemos a esquivar esas hambres que nos desnudan. Y, sin embargo, el Espíritu ha empujado a Jesús a un desierto en el que pasará hambre, vivirá entre las fieras y será tentado. Él se ha hecho uno de tantos para dejarse llevar al núcleo del drama humano, asumiendo en su carne las inconsistencias de los hombres de todos los tiempos. Así, desde la indigencia, realiza su auténtico ser de Hijo que todo lo recibe del Padre, con Quien permanece vinculado en una comunión radical (Mt 11, 27). Su abandono absoluto en Dios nos revela la verdadera identidad de lo humano e inicia para nosotros el camino de vuelta al Amor que nos dio origen.

Tras este paso, Jesús puede anunciar a las gentes que el Reino está cerca y han de convertirse para recibirlo. Es tiempo de entrar con Él en el desierto, en el hambre física, afectiva y existencial que derribará las quimeras de nuestras falsas fortalezas y nos hará mendigos de la única Fuente que puede darnos Vida. Nos reconoceremos entonces hermanos de los hambrientos, solidarios de su pobreza que es también la nuestra, felizmente necesitados, pues Él ha dicho “Dichosos los pobres de Espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

ME VOY A PONER MORADO · Miércoles de Ceniza 14 febrero

Pues sí: me voy a poner morado… bueno, morada… bueno, las dos cosas. Me voy a poner hasta arriba porque voy a entrar a saco, porque se me van a quedar cortos los refranes para expresar todo lo que quiero esta Cuaresma.

  • Me voy a poner morado… de Cuaresma. No es un mal color. ¡De la cabeza a los pies! Y sobre todo el corazón, por aquello de no rasgar las vestiduras sino los corazones (Joel 2,12-18)
  • Me voy a poner hasta arriba… porque no quiero dejar nada fuera, no quiero que sea un tiempo superficial, una conversión de escaparate, de rutina. De esas cuaresmas en las que al final no cambia nada de nada porque en el fondo no nos sale del alma gritar que hemos pecado y necesitamos un poquito de misericordia (Salmo 50)
  • Y voy a entrar a saco… porque no quiero echar en saco roto tanta gracia, tantas oportunidades, tanto bien recibido (2 Corintios 5,20–6,2)

Si te apetece el plan, estás invitado. Nos vamos a poner morados… morados de Cuaresma. Y este año vamos a pedir al refranero popular que nos ayude. Cada domingo de Cuaresma un refrán nos hará pensar, rezar, revolvernos, preguntarnos y … ojalá… ¡también gozar! Porque esto de convertirse, cuando va bien, es una fiesta y tiene más de danza que de luto.

Si hoy vas a dejar que marquen tu frente con ceniza, recuerda esto: nos vamos a poner morados. Nos encanta. Y, además, lo necesitamos:

  • Morado justicia, de esa verdadera que se pone en práctica y no necesita anunciarse a los cuatro vientos.
  • Morado oración, bien regado todo el día y todos los días, que cuando esto falta, nada de lo que comes te alimenta.
  • Morado ayuno, ese que se disfruta sólo si nace de la libertad y la mesura. Que un poquito de abnegación y de no estar mi “yo” de primer plato y de postre, siempre ayuda. Pruébalo y verás.

¿Te animas, entonces? Yo que tú lo probaría. Nos vamos a poner morados.