misionera en cataluña por consuelo ferrús

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MISIONERA EN CATALUÑA 

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Cuando la gente sabe o se entera que vivo en Reus, siempre surge la pregunta: ¿cómo estáis viviendo la situación, este conflicto actual…? Me resulta muy difícil poder decir algo, porque es difícil poder decir-me algo a mí misma. La realidad es muy cambiante y de mucha complejidad. Cada día amanecemos con alguna “sorpresa”. Quizá estas reflexiones leídas dentro de unos días ya han perdido actualidad… Pero no es posible “pasar” del tema, no implicarse.

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Es mi segundo año viviendo en Reus. El curso pasado fue un curso muy feliz, de aterrizaje, de ir viendo, conociendo gente nueva, cultura, lengua, costumbres, comunidad, apostolados. Fue creciendo en mí el aprecio por Cataluña y su gente. Lo viví desde la sorpresa personal de lo que iba descubriendo y desde las sorpresas que Dios me iba preparando, pues Él me fue guiando y cuidando a través de las personas que ponía en mi camino.

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Este curso ha empezado con otras sorpresas, aunque la cosa viene de lejos. La misma gente cercana del curso pasado se iba manifestando, iba opinando y tomando opciones. Como persona no catalana hay decisiones que me costaba y me cuesta entender, quizá por falta de perspectiva histórica, pero sí he intentado escuchar, dialogar, comprender, preguntar, leer, informarme… como hace cualquier misionera cuando llega a una nueva realidad. No entendí posturas que van contra la legalidad, pero tampoco entiendo el uso de la fuerza para imponerla. Me duele la frustración por la falta y la dificultad del diálogo, la crispación, el no poder hablar con los más cercanos porque es un tema que se ha vuelto tabú, (mi comunidad por ejemplo…). Me duele la división, el vivir con etiquetas. Es dañino el clima de tensión, de inseguridad, de desconcierto… La fractura social que se ha creado será difícil de restaurar. 

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Y caigo en cuenta de lo realmente difícil que es el diálogo a todos los niveles. Muy difícil. Más cuando las posturas se radicalizan. Quizá por eso tiene tanto valor. 

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Es situación compleja, que coge mucho el sentimiento. He podido comprobar que al final, lo que más duele a todos, es el sentimiento de que el “otro bando”, si es que podemos hablar así, no nos quiere, no nos entiende, no nos valora, no cuenta con nosotros, no nos permite ser lo que somos… este sentimiento dificulta la relación y el encuentro, la salida al conflicto, pero no se puede obviar, es la base desde donde hay que restablecer la reconciliación, y hay que atenderlo.

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Ya me gustaría poder aportar alguna solución. No la tengo y si alguien habla alegremente de una solución fácil al conflicto es que no es buena solución, o no sabe de qué va el tema en verdad… Pero sí me planteo, evidentemente cómo actuar, qué hacer, qué decir… como persona cristiana, y como misionera, desde el aprecio, la valoración y el reconocimiento, el cariño al pueblo que he sido enviada. Busco respuestas en el Evangelio, en el corazón y en la razón, en el sentido común, y también en el Magisterio ordinario de nuestros pastores que han aportado su palabra.

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Más allá de posicionamientos y opiniones políticas, que las tengo como es normal, vivo esta situación como una llamada, pues no se puede pedir a otros lo que yo no viva a pequeña escala, en lo cotidiano: 

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A escuchar a las personas y ponerme “en sus zapatos” cuando dicen u opinan. A la aceptación de la diversidad y valoración de lo que cada persona aporta. A ser cauce de reconciliación, de paz, de diálogo en donde estoy y vivo. A apoyar los derechos humanos, y rechazar toda violencia, toda. A confiar en el poder transformador de la oración. A aprender el uso de un lenguaje inclusivo, pacífico y siempre de respeto. A practicar la acogida al que piensa distinto. A no alimentar sentimientos de odio o rechazo, y aprender a gestionarlo. A mirar más allá de las etiquetas. A no perder la esperanza en el ser humano. A bucear dentro con calma, para opinar con fundamento más allá de respuestas instintivas y viscerales. Aunque suene a sabido todo esto, el reto es practicarlo sin demora, a todo nivel, y animar a otras personas a vivirlo también. No podemos esperar todo de las decisiones oficiales, creo que el pueblo tiene una palabra, un papel decisivo en la tarea de crear un tejido social libre de enfrentamientos y rencores.

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Personalmente, todo lo que sea dividir, separar, romper, excluir, violentar no me “huele” a Evangelio. Tampoco creo que vaya acorde con los signos de los tiempos que nos llevan por caminos de globalización, de pluralidad, de apertura, de sumar y multiplicar…

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El otro día participé en una reunión de religiosos y religiosas de Cataluña y evidentemente se tocó el tema. Agradezco el ambiente de la asamblea y que se pudiera abrir un espacio para escuchar y compartir nuestros sentimientos y visiones sobre la situación sociopolítica, un espacio de serenidad, de profundidad y libertad que favoreció la escucha y la comprensión. Creo que ése es el camino.

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Pido a Dios el don del discernimiento para todos, que posibilite el cambio interno y una praxis cada día más evangélica, aquí y ahora, especialmente lo pido para las personas que tienen responsabilidad en decisiones decisivas que no tendrán marcha atrás.

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Consuelo Ferrús,rmi

@consuelormi

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