BIBLIANDO: “NACER DE NUEVO…” por Marifé Ramos

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NACER DE NUEVO… 

 ¿O CONFORMARNOS CON UNAS PRÁCTICAS PIADOSAS? 

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Nicodemo era un fariseo importante, miembro del sanedrín; una noche se atrevió a visitar a Jesús para charlar un rato a escondidas. Estaba impresionado por las conversiones que se producían. Jesús le descolocó, diciéndole: “el que no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios”.

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Nicodemo no se calló, para eso era un maestro de Israel, y le preguntó: 

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“¿Cómo puede un hombre nacer, siendo viejo? ¿Puede acaso volver al seno de su madre y nacer de nuevo?”

Jesús le respondió: “En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.  

(Juan 2, 23-3,15) 

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Jesús, como a Nicodemo, nos invita a nacer de nuevo, a vivir al soplo del Espíritu, a experimentar una transformación tan profunda que sea semejante a un nacimiento.

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Nuestros miedos y pobrezas suelen reducir esa invitación al rezo de unas oraciones y a maquillar un poco nuestro comportamiento. Así nuestra conciencia se queda tranquila, porque… ¡¡¡nacer de nuevo, es una locura!!!

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Estas semanas están marcadas por la celebración de Pentecostés. El libro de los Hechos nos dice que se produjo “un ruido como el de un viento violento” (Hechos 2, 2). Es una manera de decirnos que se produjo una transformación en cada uno de los hombres y mujeres que vivieron esa experiencia. San Lucas pensó que la imagen del viento impetuoso nos ayudaría a comprender todo lo que se “movió” en la vida de aquellas personas.

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Para algunos, como Pedro, fue como nacer de nuevo. Otros, salieron de sus escondites, de sus miedos, de sus esquemas y se lanzaron a predicar lo que habían visto y oído. Hombres y mujeres recibieron el don de la valentía, hasta entregar su vida por el evangelio; el don de sabiduría, les ayudó a comprender y predicar la historia de la salvación. Recibieron el don de crear comunidades, en las que hombres y mujeres compartieron sus carismas, sus luces y sombras. Acogieron el don de vivir de la providencia, sin alforja ni bastón. Experimentaron que no sólo habían sido sanados en lo más profundo, sino que eran cauces de sanación y salvación para otras personas. Perdieron el miedo ante quienes podían quitarle la vida, porque les urgía dar testimonio y contar lo que habían visto y oído.

Pentecostés no es una fiesta del pasado, que debemos celebrar con cierta solemnidad una vez al año. Es una experiencia transformadora que vivió la comunidad y que se nos ofrece hoy, a cada persona y a las comunidades cristianas, para el bien de la Iglesia y de la humanidad.

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¿Nos lo creemos? ¿Pedimos y acogemos ese don? ¿A qué tenemos miedo? ¿Qué estamos dispuest@s  a arriesgar, para vivir al soplo del Espíritu?

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Cuentan que un  grupo de turistas viajaba plácidamente en una embarcación por el mar del Norte. A lo lejos divisaron un iceberg de una belleza extraordinaria. El capitán de la nave fue acercando la embarcación hasta una distancia prudencial.  

Los turistas dialogaban sobre cuál sería el tamaño del iceberg que quedaba sumergido bajo el agua, incluso discutieron acaloradamente.  

Intervino el capitán:  

- No discutan sobre lo que no ven, no conocen, ni han experimentado.  Si alguien quiere saber realmente cómo es este iceberg, que se lance al mar y bucee.  

No se lanzó nadie. Siguieron discutiendo en la cubierta del barco. 

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El Espíritu Santo es como un inmenso iceberg. ¿Lo observamos desde una distancia prudencial? ¿Buceamos para conocer lo que hay en la profundidad?  

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Marifé Ramos

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